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Lucifer: La estrella que (re)surgió del infierno

Un artículo de Rodrigo Arizaga Iturralde - Introducido el 31/05/2017
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Tras el cierre de The Sandman por voluntad de Neil Gaiman, DC tomó la sorprendente decisión de no continuar la cabecera con otros autores, imponiendo una suerte de veto sobre la misma. Sin embargo, el rico elenco de personajes secundarios y escenarios fantásticos creados por el guionista británico era una cuestión muy distinta. Por ello, a finales de los 90 aparecieron miniseries como Brujería y Destino: Crónica de una Muerte Anunciada junto a cabeceras antológicas como The Dreaming y The Sandman Presents buscando rentabilizar la exitosa estela de Morfeo. Pero, independientemente de su calidad solo Lucifer consiguió superar su condición de spin off para alcanzar entidad propia.


Inspirándose en el retrato que del mítico ángel caído realizase John Milton en El Paraíso Perdido, Gaiman retrató al señor de los infiernos como un personaje trágico y melancólico que, en un acto sin precedentes, abandona su puesto como encarnación del mal para vivir una vida tranquila en la Tierra como dueño y anfitrión del Lux, un lujoso nightclub de Los Ángeles. Secundario ocasional de la serie de Sueño, su potencial rápidamente fue aprovechado por los editores dándole el protagonismo del arco argumental inaugural de The Sandman Presents a cargo de un prometedor guionista británico llamado Mike Carey. A lo largo de tres números dibujados con llamativo estilo pictórico por Scott Hampton, Carey demostró no desmerecer la labor previa de Gaiman manteniendo intacta la poliédrica figura del protagonista donde el honor, la melancolía y el carisma se dan de la mano con la manipulación, la voluntad inquebrantable y la crueldad de quien antaño fue el más poderoso y fiel siervo del Creador pero que ya solo obedece a su propia voluntad sin importar el precio.


El resultado fue tan exitoso que, apenas un año después, el ángel caído obtenía serie regular propia a cargo de Carey y el dibujante Peter Gross. Un tándem creativo que, sin ignorar la trayectoria previa trazada por Gaiman –más bien al contrario: ahí están las ocasionales pero determinantes apariciones de personajes como Destino y Muerte- llevaría a tan polémico e interesante personaje a cotas nunca vistas alejadas de los Eternos. Y es que si bien Lucifer ha decidido dejar atrás el Infierno con el deseo de llevar una vida discreta y tranquila entre los mortales, el resto de la creación parece empeñada en no dejarle.


A lo largo de la serie, Lucifer se ve convertido en una suerte de pivote en una guerra de poder que incluye a bandos tan distintos como los ángeles Duma y Remiel, sus sustitutos como gobernantes del infiernos; el Arcángel Miguel y las huestes celestiales a las órdenes de un Dios siempre ausente; la raza de los Lilim, creación paralela a la propia humanidad concretada en la fiel sirviente Mazikeen; los Basanos, un especie de tarot viviente de origen celestial que poseen a una humana llamada Jill Presto; la medium Ellaine Belloc, convertida por el ángel caído en una suerte de aprendiz; y numerosos seres procedentes de mitológías tan distintas a la judeocristiana como la grecorromana, la sintoísta, la nórdica, las religiones africanas o la de los nativos americanos. Un plantel de personajes en el que se dan alianzas, traiciones, intereses ocultos y planes sobre planes donde el antiguo portador de la luz acaba participando con sus propios planes en mente relacionados con el deseo de libre voluntad y albedrío que causó su caída en el amanecer de los tiempos. Planes que le llevaran a crear su propio mundo, con sus propias reglas. Cosa que no todos están dispuestos a tolerar.


Tras unos primeros números a cargo de Chris Weston, la serie encontró a su principal responsable gráfico con la llegada de Gross que, con alguna pausa ocasional en manos de Dean Orstom –dibujante con un estilo bastante similar- y un par de colaboraciones en números señalados de autores P. Craig Russell (el #50) y J. Jay Muth (el especial Nirvana), se haría cargo del grueso de la cabecera. Su estilo de trazo esquemático no está reñido sin embargo con el detalle de las imágenes o la expresividad de los personajes, utilizando una narración funcional pero que sabe sacar partido a los numerosos enclaves fantásticos dispuestos por el guión y que no duda en jugar con distintos recursos narrativos –splash pages, viñetas superpuestas y/o de formas variables- para acentuar las peculiaridades visuales de este.


Alternando arcos argumentales largos con números unitarios –principalmente centrados en desarrollar a personajes secundarios- Lucifer cerraría sus puertas tras setenta y cinco entregas y un especial. Exactamente la misma duración que The Sandman. Pero para entonces ya había demostrado con creces ser algo más que un simple derivado comercial. Igual que sucedía con su personaje titular, Lucifer logró imponerse a sus orígenes y labrarse con éxito un camino propio. Un camino que su libérrima, reduccionista y simplona adaptación televisiva no ha conseguido empañar y cuya continuación en viñetas a cargo de Holly Black y Lee Garbet tiene bastante difícil para igualar. La reciente apuesta de ECC de lanzar una edición integral de la cabecera original es síntoma de una calidad que debería vencer cualquier prejuicio al respecto. Después de todo, incluso el demonio empezó siendo un ángel.


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