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Daredevil de Charles Soule: El abogado y el diablo

Un artículo de Rodrigo Arizaga Iturralde - Introducido el 01/08/2019
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Desde su relanzamiento dentro del sello Marvel Knights hace ya dos décadas, la serie Daredevil se ha caracterizado principalmente por dos elementos: el notable nivel medio de sus historias y los sorprendentes golpes de timón que caracterizan el final de cada una de sus etapas. El “Reto del Diablo” con el que Brian Bendis y Alex Maleev concluyeron su labor en la serie fue retomado y continuado de formas muy distintas por Ed Brubaker y Andy Diggle, llevando al personaje por lo que parecía un camino sin retorno que Mark Waid encaró hasta sus últimas consecuencias, siendo asimismo capaz de liberar al personaje de la influyente y no siempre bien asumida sombra de Frank Miller.


Sin embargo el genio llevaba demasiado tiempo fuera de la botella. Y si a la marcha de Waid añadimos la sinergia multimedia, se explica porque en Marvel creyeron que era el momento de volver al status quo y recuperar el modelo “milleriano” (no por casualidad el mismo que caracterizaba a la versión televisiva del personaje a cargo de Netflix). Charles Soule fue el encargado de lidiar con tan engorrosa tarea mediante una etapa donde su afán de seguir buscando nuevos caminos al personaje ha tenido que batirse en constante duelo con la exigencia de regresar a terreno conocido.


En su primera saga titulada Chinatown (Vol. 5 #1-5)- Soule hacía tabla rasa con Matt Murdock y su alter ego. Daredevil era ahora fiscal del distrito y acogía bajo su ala a una suerte de aprendiz llamado Punto Ciego. Pero de nuevo volvían los barrios bajos neoyorquinos, los callejones oscuros y el enfrentamiento con los ninjas de La Mano. Se borraba de un plumazo toda la etapa anterior y lo que era aún más importante: el embarazoso asunto de la revelación de su identidad secreta quedaba eliminado de golpe y sin más explicación que unos crípticos comentarios de Foggy Nelson. La elección de Ron Garney como dibujante y su apuesta por una estética de tono crudo, llena de sombras y colores ocres que en ocasiones bordeaban el blanco y negro era una señal clara de que el viejo orden había sido restablecido aunque no se nos contase cómo.


Durante los siguientes números, Soule se dedicó a jugar al misterio sobre el asunto mediante historias cortas junto a viejos conocidos –Elektra, Spiderman o una felizmente recuperada Eco- mientras procuraba devolver el protagonista a sus fueros habituales. Un misterio que finalmente se resolvería en Púrpura (#17-20) utilizando un deux ex machina relacionado con el Hombre Púrpura competentemente narrado pero al que se le notaba demasiado lo forzado de su naturaleza. Un parche argumental exigido por la editorial que una vez resuelto permitió al guionista centrarse en otros aspectos.


Aspectos como la inclusión del mentado Punto Ciego, que posibilitaba una dinámica inédita en el protagonista convirtiéndolo en un mentor no tan infalible como le gustaría creer. Dinámica puesta a prueba en Arte Oscuro (#10-14) con la aparición de Musa, inquietante artista asesino de la raza de los Inhumanos –cuya serie regular había escrito el propio Soule- convertido en una de las mejores y más originales aportaciones a la galería de villanos de la serie en años. Asimismo la condición de inmigrante ilegal de Punto Ciego permitía a Soule potenciar la faceta legal del protagonista que el guionista conocía de primera mano al haber ejercido profesionalmente la abogacía antes de dedicarse a la escritura. Un bagaje que enriquecía el retrato de Matt Murdock y cuyos frutos se recogían en Supremo (#21-25), thriller judicial que planteaba de forma verosímil los límites legales de la figura del superhéroe. Una historia salpicada de terminología legal que dejaba en el banquillo los disfraces y los superpoderes sin que ello le reste un ápice de interés, aunque la ausencia de Garney –sustituido aquí por Goran Sudzuka y Alec Morgan- desluzca en parte el resultado.

Tras el regreso de Punto Ciego y un nuevo giro a su peculiar relación con La Mano (#26-28) y la renumeración de la cabecera como parte de la iniciativa Marvel Legacy, Soule recuperó a uno de los pesos pesados de la serie dándole un papel insólito: Alcalde Fisk (#595-600) mostraba a Kingpin convertido en alcalde de Nueva York y a Matt Murdock en la kafkiana situación de tener que acatar sus órdenes. Una historia que, pese a sus retruécanos narrativos y su lectura sobre la corrupción política, elimina la interesante relación que héroe y villano mantenían desde Born Again (debido al retcon del propio Soule meses atrás) para devolverla a terrenos más tópicos. La historia, que supone la despedida de Garney, tampoco aprovecha el inesperado giro final que coloca a Daredevil como nuevo edil de la ciudad. Pese a sus altas dosis de acción, con la ciudad tomada por La Mano, Alcalde Murdock (#601-605) se sentía más como un simple cierre de argumentos pendientes que una historia con entidad propia, ilustrada por un Mike Henderson por debajo del nivel de sus predecesores.


El apartado gráfico experimentó una mejoría con la llegada de Phil Noto para la recta final. Pese a cierto estatismo como narrador la calidad y detalle de su dibujo pictórico resulta innegable, aportando así una trascendencia especial a La Muerte de Daredevil (#606-612), historia de ominoso título donde Soule recuperaría a Mike Murdock, ficticio gemelo del protagonista ahora dotado de vida propia gracias a la intervención de los Inhumanos. Un recurso argumental desconcertante que se revela como un mero pretexto para una historia que proseguía la trama de Kingpin mientras hacía un repaso casi nostálgico de antiguas etapas del personaje. Y aunque Soule jugueteó con la posibilidad de hacer honor al título en las inspiradas escenas finales, la propia idiosincrasia comercial impidió llevar a término el nombre de la saga arrebatándole todo el suspense.

La miniserie Hombre sin Miedo a cargo de Jed Mackay y varios dibujantes ejercería de impostado epílogo con vistas a eliminar toda la ambigüedad del desenlace con vistas a dejar a Daredevil en listo para su siguiente etapa. Pese a ello, la valoración de la labor de Soule resulta positiva, pues pese a sus fuertes imposiciones editoriales sigue manteniendo la extraordinariamente larga racha creativa del personaje. Ese sí es un reto que parece obra del diablo.


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