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Die! Die! Die!

Planeta publica el primer tomo de la sorprendente serie

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Starman: Un legado estelar

Un artículo de Rodrigo Arizaga Iturralde - Introducido el 02/05/2020
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Dentro del cómic de superhéroes mainstream existe un continuo tira y afloja entre los autores y las editoriales. Un mano a mano decantado a favor de las segundas por la propiedad de los personajes y su explotación comercial que tiene como consecuencia que diferentes creadores vengan y tras un tiempo se vayan, dejando en ocasiones trabajos de calidad que implican una huella profunda que (re)define al personaje. A su vez en un porcentaje de esas ocasiones dicha huella va más allá, convirtiendo lo que parecía un trabajo de encargo en una obra personal. Y en un porcentaje aún más reducido dicha obra consigue algo aún más raro: un final definitivo y satisfactorio que cualquier añadido ajeno solo consigue empeorar. Un raro estatus del que goza Starman.

El de Starman era un nombre recurrente dentro del universo DC, con una longeva trayectoria creada a partir de diferentes encarnaciones que se remontaban a la edad dorada del género superheroico. Época a la que el guionista James Robinson no era ajeno, pues en 1993 había presentado su espectacular revisión de la Sociedad de la Justicia de América (JSA) con la miniserie La Edad de Oro donde ya aparecía Ted Knight, el Starman original. Un trabajo que prolongaría un año después encargándose del lanzamiento de una nueva serie regular del personaje a rebufo del crossover Hora Cero. Allí se presentaba a Jack Knight, el rebelde hijo menor de un envejecido Ted a quien las circunstancias obligan a asumir a regañadientes el manto de su progenitor después de que su predecesor y hermano mayor David fuese asesinado por La Niebla, la antigua némesis de su padre.


Convertido en el nuevo protector de Opal City gracias a la vara de energía cósmica que le da poderes, Jack Knight luchaba por adaptarse a su nuevo papel con la ayuda de un padre con el que nunca había logrado entenderse del todo, alternando su obsesión por las antigüedades que suponen su modo de vida con sus nuevas responsabilidades como superhéroe y que atañen no solo a su presente sino también al pasado de su familia y su ciudad. Partiendo de un plan a largo plazo trazado desde el mismo inicio, Robinson vertió todas sus obsesiones en la serie –el coleccionismo de objetos, la fascinación por la cultura retro, su enciclopédico conocimiento de los cómics de superhéroes clásicos-, creando un escenario con personalidad propia –la bohemia Opal City, con su arquitectura europea anclada en el pasado mediante calles llenas de tiendas, cines y museos- y un interesante reparto de secundarios que incluía a la familia de policías formada por los hermanos O´Dare, la vidente Charity, el villano reformado Jake “Bobo” Benetti y la recurrente aparición de personajes sacados de diversos rincones del universo DC como Solomon Grundy, Cóndor Negro, El Hombre Elástico y antiguos miembros de la JSA como las versiones originales de Sandman y Green Lantern. Mención aparte merece Shade, olvidado villano del Flash original a quien Robinson transformó en un ambiguo y siniestro antihéroe inmortal con modales de un dandy británico del siglo XIX. Una carismática figura que fue amigo y fuente de inspiración de coetáneos como Oscar Wilde o Charles Dickens y a quien Robinson llegaría a dedicar su propia miniserie.


El resultado fue un elaborado trabajo de caracterización que otorgaba a la serie una personalidad única y que Robinson desarrolló mano a mano con el miembro de los Gaijin Studios Tony Harris. La aportación de este último a la serie iba más allá de su poderío visual –con basado en el uso de fotografías pero sin acusar el excesivo estatismo que suelen acarrear estas- y sus preciosistas y detalladas composiciones de página: el propio diseño del personaje –su chaqueta de cuero, el pendiente, los tatuajes- está basado en el propio Harris, mientras que la marcada estética que su dibujo impuso a la serie obligó a Robinson a reconfigurar sus guiones, convirtiendo la ocasional necesidad de recurrir a dibujantes invitados en una oportunidad para explorar otro tipo de géneros, personajes y épocas. Así surgieron los llamados Knight´s Past, números únicos ambientados en épocas pasadas (y alguna futura) de la cronología que permitan incluir historias que iban desde los andanzas de Shade en la Inglaterra victoriana a las aventuras del sheriff Brian Savage en la Opal del siglo XIX, pasando por aventuras nunca contadas del Starman original durante la IIª Guerra Mundial o un psicodélico vistazo a los años 70 a través de los ojos de un alienígena. Episodios que permitían asimismo gozar de la contribución de dibujantes como Teddy Kristiansen, J.H. Williams, Gene Ha, Guy Davis, Paul Smith, Steve Yeowell o Russ Heat entre otros.


Más allá de suponer un interesante interludio a la trama principal, dichos episodios eran parte integral de la misma, aportando pequeños detalles que Robinson iba hilando lenta pero inexorablemente tejiendo un tapiz que incluía los lugares típicos del cómic de superhéroes –grandes batallas, poderes espectaculares, villanos con retorcidos planes, la interacción no siempre amistosa con otros héroes- pasados por el filtro de la nostalgia de los cómics clásicos y con un uso creativo de la continuidad editorial que permitió establecer una relación ordenada y coherente entre todos los portadores del título de Starman (que se habían ido sucediendo a lo largo de las décadas sin orden ni concierto). Pero ante todo Starman era la emotiva historia de la relación entre un padre y un hijo, condenados a entenderse y a madurar gracias a su interacción, pudiendo la serie permitirse el lujo de dedicar números enteros a la introspección personal –los episodios anuales titulados Charla con David donde Jack conversaba con el espectro de su difunto hermano- sin que el interés se resintiese un ápice.


Convertida en una rara avis del cómic de superhéroes en una época tan delicada como la de los noventa, la serie fue creando un fiel culto a su alrededor que sobrevivió a la marcha de Tony Harris a la altura del #45, siendo sustituido por el mucho menos espectacular pero igualmente efectivo Peter Snejbjerg que logró hacer suyos los personajes y escenarios diseñados por su predecesor. Siempre junto a Robinson, Snejbjerg los guiaría hacia su recta final mediante ambiciosas sagas como Las Estrellas, Mi Destino –una travesía por el espacio y el tiempo escrita a cuatro manos junto al guionista cinematográfico David S. Goyer que incluía a Adam Strange, La Legión de Superhéroes, el planeta azul de la Cosa del Pantano, un Krypton previo al nacimiento de Superman, una guerra interplanetaria y la conexión definitiva del linaje Starman) y Grand Guiñol, donde todas las piezas cuidadosamente presentadas desde el primer número se unían para una épica lucha por el destino de Opal.


Tras ochenta números más un puñado de especiales y un crossover a tres bandas con Batman y Hellboy dibujado por Mike Mignola, Robinson puso punto y final por iniciativa propia tanto a la serie como a su protagonista, haciéndole ceder el testigo a su sucesora antes de retirarse como superhéroe para comenzar una nueva vida como marido y padre. Un retiro que la editorial hizo definitivo hasta el punto de vetar de forma oficiosa cualquier futuro uso de Jack Knight a manos de otro escritor que no fuese el propio Robinson. Y aunque técnicamente la cabecera sí llegaría a tener secuelas -el relanzamiento de la JSA a cargo de Geoff Johns; una segunda miniserie de Shade escrita por el propio Robinson-, Starman permanece como una obra perfectamente autónoma y contenida cuya calidad solo mejora con las relecturas y que uno puede situar sin titubeos entre los grandes hitos del cómic. No solo no solo norteamericano. No solo superheroico. El cómic a secas.


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