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Pesadillas: juegos (no solo) de niños.

Un artículo de Rodrigo Arizaga Iturralde - Introducido el 02/08/2020
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Etiquetas: Pesadillas / Sector /

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Este 2020 se cumplen cuatro décadas de la publicación de Pesadillas, manga que supuso la consagración como autor de Katsuhiro Otomo. Una obra cuya reputación parece haber sido injustamente fagocitada por el fenómeno mediático de la posterior Akira, ya que Pesadillas no sólo adelanta varios de los temas y recursos narrativos que su autor utilizaría en aquella, sino que logra tener una relevancia y personalidad propias que funcionan independientemente de las odiosas comparaciones.

Pesadillas (Domu en el original japonés, cuya traducción literal seria “sueños infantiles”) vio la luz originalmente en 1980 y constituye el primer trabajo de envergadura de un Otomo que hasta la fecha se había limitado a historias cortas, parte de las cuales constituían adaptaciones de obras literarias occidentales. Partiendo de sus propias experiencias como un joven veinteañero recién llegado a Tokyo que vivía en un bloque de apartamentos, el autor concibió una progresivamente enrarecida y claustrofóbica historia sobre los habitantes de un enorme edificio de viviendas ubicado en pleno centro de la ciudad entre cuyos ocupantes están teniendo una serie de misteriosas muertes que no parecen tener explicación lógica. La causa de dicho fenómeno es Cho-San, un aparentemente senil e indefenso anciano dueño de una serie de poderes psíquicos que utiliza caprichosamente para manipular y liquidar a sus vecinos como si fueran simples juguetes en manos de un niño malcriado. Ese sádico tablero de juegos se altera con la aparición de Etsuko, una niña que acaba de mudarse al edificio junto a su familia y que posee unos poderes similares a los del anciano, iniciándose así una batalla sobrenatural entre ambos que involucrará tanto a los ignorantes vecinos como a los desconcertados policías que investigan las muertes.


Pese a su pertenencia al género de terror sobrenatural, Pesadillas procura mantener en todo momento un tono y una estética realista y verosímil. Algo que provoca que la aparición de elementos fantásticos como la telepatía, la telequinesia o la levitación resulten aun más perturbadores por la sensación de extrañeza que transmiten. Asimismo, Otomo gestiona el suspense de la narración de una forma bastante original ya que, con la excepción de la pequeña heroína y el anciano villano, ninguno de los otros personajes llega nunca a saber que está sucediendo realmente. Todos ellos se convierten en inconscientes espectadores y/o participantes ajenos del combate psíquico entre ambos protagonistas donde cualquiera puede acabar siendo víctima de una muerte violenta. Una ambivalencia que también se aplica a las escenas de acción, con duelos psíquicos que incluyen espectaculares explosiones y escenas aéreas que prelucían las secuencias de destrucción en masa de Akira y que contrastan con otras como el enfrentamiento final, narrado sutilmente fuera de campo a través de los ojos de uno de los policías que intentan inútilmente comprender lo que está pasando.


Estéticamente Otomo sobresale con unas páginas detalladas hasta un nivel casi paroxístico donde pueden verse perfectamente todas y cada una de las ventanas de la fachada, las baldosas del suelo o las grietas de las paredes y que, pese al gran tamaño del lugar y las abundantes escenas a cielo abierto, crean una atmósfera opresiva que convierte esos espacios urbanos de cemento y cristal en una suerte de laberinto lleno de trampas del que es imposible escapar. Todo ello servido con un pulso como narrador puramente cinematográfico en cuestión de ritmo, enfoque y expresividad. Básicamente las páginas de Pesadillas se convierten un detalladísimo storyboard en el que se adivinan los movimientos de cámara y cortes de montaje y al que únicamente falta dotar de movimiento. Resulta curioso que con semejante naturaleza, y pese a la cercanía e inmediatez entre el cómic y el cine de animación japonés, Pesadillas nunca haya sido objeto de una adaptación cinematográfica. El resultado recuerda así a la labor de virtuosos de la puesta en escena como Brian De Palma -en particular Carrie (1976) y La Furia (1978)-, adelantándose un año en su visualización de combates psíquicos al David Cronenberg de Scanners (1981).


Publicada originalmente por entregas entre 1980 y 1981 en las páginas de la revista Action Deluxe de la editorial Futabasha (cuna de títulos como El lobo solitario y su cachorro o Lupin III), Pesadillas fue galardonada ya en aquel primer momento con el Nihon SF Taisho, prestigioso premio al género de ciencia ficción que por primera vez era otorgado a un manga. En occidente Pesadillas llegó a rebufo de la popularidad de Akira, siendo publicada en España por Norma Editorial tanto en su edición original en tres entregas a principios de la década de 1990 como su posterior edición en un único tomo ya en el nuevo milenio. Una obra que pese a sus cuatro décadas de existencia sigue pudiendo leerse actualmente sin haber perdido un ápice de su fuerza, con todas sus virtudes argumentales y estéticas intactas y a la que la injusta etiqueta de “trabajo menor” le quedaba y le sigue quedando muy pequeña.


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