test Marvel Gold - X-Force #1 Comic Digital
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Marvel Gold - X-Force #1

Excesos mutantes noventeros

Un artículo de Javier Jiménez Jiménez - Introducido el 24/05/2026

Este tomo nos recuerda claramente por qué la mutación, en el mundo marveliano, nunca ha sido solo biológica: también es estética, política y editorial. En estas páginas asistimos al violento metamorfoseo de los Nuevos Mutantes en un comando paramilitar bajo la tutela -o el secuestro emocional, según se mire- de Cable. El paso no es suave ni elegante, pero sí enormemente significativo: una generación nacida para ser “los alumnos prometedores” decide, casi por agotamiento moral, dejar los pupitres para empuñar rifles imposibles. Y aunque la operación suene a manual de los noventa, el tomo tiene una cualidad entrañable: activa esa memoria lectora que nos recuerda por qué, a veces, incluso lo más desmesurado deja una huella afectiva.

Buena parte del impacto del volumen proviene del contraste entre la juventud de sus protagonistas y la crudeza del mundo que se les abalanza encima. Cable, figura que parece haber sido diseñada para complicar cualquier árbol genealógico, los toma bajo su ala con la delicadeza de un instructor militar en plena resaca. Bajo su mando, personajes como Bala de Cañón, Siryn, Bum-Bum o Estrella Rota descubren que la inocencia tiene fecha de caducidad y, en ocasiones, una explosión en la página contigua. Aquí no se trata ya de rescatar gatitos ni de aprender a combinar poderes en sesiones de entrenamiento: el Frente Mutante de Liberación, liderado por Dyscordia, exige decisiones adultas que llegan demasiado pronto. El resultado es un cómic que, aun en su estridencia, captura esa sensación universal de entrar en la adultez a empujones.

Rob Liefeld, por supuesto, domina el paisaje gráfico con la sutileza de un meteorito. Su estilo, tan celebrado como vilipendiado, establece con claridad la personalidad del tomo: torsos hipertrofiados, armas que desafían cualquier manual de física y personajes que parecen estar siempre a dos segundos de arrancar de un mordisco la cara al lector. Hoy resulta fácil sonreír al repasar esos bolsillos infinitos o esas posturas imposibles, pero ahí reside parte del encanto: X-Force es también un registro arqueológico del cómic mainstream de principios de los noventa, un testimonio de una ambición grandilocuente que no siempre sabía hacia dónde apuntar, pero que jamás pedía permiso para hacerlo.


El guion de Fabian Nicieza intenta anclar ese torbellino visual en emociones comprensibles, dotando a Cable y al resto del elenco de voces que van más allá del grito de batalla. No siempre lo consigue —la era exigía más espectáculo que introspección—, pero su esfuerzo evita que la serie se convierta exclusivamente en un catálogo pirotécnico. Y alrededor de esta mezcla convulsa orbitan nombres tan dispares como Greg Capullo, Todd McFarlane o Mike Mignola, cada uno dejando pequeños destellos de lo que sería su evolución futura. Mignola, en particular, parece infiltrarse desde otro planeta artístico, aportando sombras y ángulos que chocan deliciosamente con el músculo desatado de Liefeld.

Al final, este volumen no se sostiene por una perfección que nunca buscó, sino por la intensidad despreocupada de una época. Su valor reside tanto en su exceso como en su capacidad para activar recuerdos: la primera aparición de Masacre, los diseños estrafalarios, las escenas que hoy nos hacen reír no solo por lo ridículas, sino por lo felices que nos hicieron alguna vez. X-Force #1 es una obra que, releída, nos reconecta con una forma de entender el cómic donde el dramatismo no pedía justificación y la coherencia era un lujo prescindible. Y, contra todo pronóstico, esa mezcla de ingenuidad y furia termina siendo, todavía hoy, sorprendentemente contagiosa.


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