
La cosa funcionó tan bien que la mini-serie dio pie a su propio sub-universo (con secuelas como “El Nuevo Mundo” o “Los 4 del Fantastick”) a cargo de otros autores que ampliaban el juego de correspondencias propuesto por el autor de “Orquídea Negra” entre el universo Marvel tradicional y su versión de hace 400 años. No obstante, y pese a los cambios operados en los personajes, llama la atención que uno en concreto apenas los sufriese: el Doctor Extraño.
Inspirándose en John Dee -el astrologo de la corte de Isabel I de Inglaterra- a la hora de concebir su posición en la trama, lo cierto es que da la sensación de que Gaiman no se ha roto excesivamente la cabeza a la hora de versionar al personaje más allá del vestuario. Es como si certificase que está bien como está para sus fines. Y no sólo por cuestiones de ambientación. Mientras la trama discurre, en la cabeza del lector que conozca medianamente a guionista y personaje no deja de aparecer la idea de que ambos parecen estar hechos el uno para el otro.
Creado por Stan Lee y Steve Ditko, el Doctor Extraño se desmarcaba del género superheroico reinante para ahondar en la fantasía de los mitos y leyendas a través de la figura del Hechicero Supremo y su característica verborrea mágica en verso. Dioses, demonios y criaturas fantásticas han poblado la mayoría de la trayectoria de un personaje tan interesante como desigual en términos editoriales.

Por desgracia, la geometría dice que las líneas paralelas nunca se cruzan. Gaiman actualmente está más interesado en otros campos como la novela y el cine y Extraño, salvando algún que otro afortunado proyecto ocasional (la esplendida miniserie “El Juramento”), parece resignado a la segunda fila sin que los guionistas sepan sacarle mayor partido que el de servir de “deux ex machina”. Por ello “1602” deja un sabor agridulce más allá de su discutible final: el de saber que es aperitivo a un plato que no tiene visos de llegar.
