Y es que Gail Simone parece haber confundido el título de marras con un folletín del siglo pasado. Nunca antes se había afirmado tan categóricamente que lo que Wonder Woman más necesita para recobrar el equilibrio es un “hombre de verdad”. Así, las viñetas destinadas a legitimar el pseudo romance entre Némesis y Diana rozan el delirio, por no hablar de la conversación entre el pretendiente y su hermana – Donna Troy – o la serie de pruebas que ha de pasar en Themyscira para demostrar que es digno de “dar bebés” a la amazona. Tildar este espectáculo de sonrojante es quedarse corto.

Y si creían que la cosa no podía empeorar, sigan leyendo. El arco argumental titulado Una estrella en el cielo se centra en un supuesto que, bien narrado, podría haber dado mucho de sí. Con la excusa de la grabación de una película sobre la vida de Diana de Themyscira y las amazonas, Simone se marca un ejercicio metatextual con una villana de segunda. Esta propuesta, que podría haber resultado medianamente original, incluso interesante, se hunde en el momento en el que la gionista decide refugiar a la reina del cuento en el papel de mala decadente, con lo que la trama no termina de despegar y todos los supuestos se ahogan en frases pretendidamente ingeniosas y un tufillo moralista que aturde.

Puede que la intención de la guionista fuera buena – poner en evidencia los clichés que han asediado a la heroína a lo largo de su historia –, no obstante, el resultado decepciona. Para colmo de males, Simone decide coronar el número con un monólogo interior en el que Diana, también conocida como Wonder Woman, o sea, la Mujer Maravilla, ¡se plantea ser madre! La última amazona ha perdido el norte. Si William Moulton Marston levantara la cabeza…