Ya tocaba. Eso debieron pensar los incontables seguidores de Joaquín Sabina cuando supieron que el cantante ya tenía preparado un nuevo álbum. Pero, Vinagre y rosas llega a las tiendas en un momento inmejorable, justo antes del inicio de la campaña navideña, y cuando ya han pasado cuatro años desde la edición de Alivio de luto, su último trabajo. Un silencio demasiado largo para uno de los artistas más admirados de la música española y que sólo rompió durante la segunda mitad de 2007 con la gira Dos pájaros de un tiro que realizó con Joan Manuel Serrat.
Para despejar esa “nube negra” que el jienense dice que le persigue y le tapa la inspiración, Sabina buscó un cómplice que le acompañara en sus fechorías poéticas y nocturnas. Y el elegido fue el escritor Benjamín Prado, que, a su vez, necesitaba superar una ruptura sentimental. Ambos se fueron a Praga, donde se alojaron en uno de sus mejores hoteles, y allí pasaron días y noches de placer... y también de escritura. Una experiencia que, paralelamente a la publicación del disco, ha quedado plasmada en el libro Romper una canción. Un documento a medio camino entre el libro de aventuras y el cuaderno literario.
Así nacen diez de las catorce canciones de Vinagre y rosas. Un álbum que empieza con aire melancólico gracias al acordeón de César Pop, acompañante habitual del dúo Pereza. Y son precisamente Leiva y Rubén quienes convierten la inicial “Tiramisú de limón” en una punzada rockera a medio tiempo. Una energía que retomarán en “Embustera”, la segunda de las colaboraciones entre el músico de Úbeda y la banda madrileña. Sin embargo, son los habituales Antonio García de Diego y Pancho Varona quienes vuelven a construir el armazón musical del disco.
Y ambos ofrecen ritmos pausados para acompañar a la nostalgia (“Viudita de Clicquot”), aliviar las carencias con un piano solemne (“Cristales de bohemia”) y danzar a ritmo de vals con un ser querido (“Ay! Carmela”). También hay lugar para el desconsuelo del fado (“Agua pasada”), el swing sombrío (“Nombres impropios”) y un blues desnudo y deprimido con la música de Álvaro Martínez Maluquer (“El blues del alambique”). Sólo rompen esa tónica cuando se atreven con el country polvoriento (“Parte meteorológico”) y el rock urbano (“Crisis”). Aunque quizás, para cuando lleguen esas canciones, alguno ya se habrá quedado dormido.
Para despejar esa “nube negra” que el jienense dice que le persigue y le tapa la inspiración, Sabina buscó un cómplice que le acompañara en sus fechorías poéticas y nocturnas. Y el elegido fue el escritor Benjamín Prado, que, a su vez, necesitaba superar una ruptura sentimental. Ambos se fueron a Praga, donde se alojaron en uno de sus mejores hoteles, y allí pasaron días y noches de placer... y también de escritura. Una experiencia que, paralelamente a la publicación del disco, ha quedado plasmada en el libro Romper una canción. Un documento a medio camino entre el libro de aventuras y el cuaderno literario.
Así nacen diez de las catorce canciones de Vinagre y rosas. Un álbum que empieza con aire melancólico gracias al acordeón de César Pop, acompañante habitual del dúo Pereza. Y son precisamente Leiva y Rubén quienes convierten la inicial “Tiramisú de limón” en una punzada rockera a medio tiempo. Una energía que retomarán en “Embustera”, la segunda de las colaboraciones entre el músico de Úbeda y la banda madrileña. Sin embargo, son los habituales Antonio García de Diego y Pancho Varona quienes vuelven a construir el armazón musical del disco.
Y ambos ofrecen ritmos pausados para acompañar a la nostalgia (“Viudita de Clicquot”), aliviar las carencias con un piano solemne (“Cristales de bohemia”) y danzar a ritmo de vals con un ser querido (“Ay! Carmela”). También hay lugar para el desconsuelo del fado (“Agua pasada”), el swing sombrío (“Nombres impropios”) y un blues desnudo y deprimido con la música de Álvaro Martínez Maluquer (“El blues del alambique”). Sólo rompen esa tónica cuando se atreven con el country polvoriento (“Parte meteorológico”) y el rock urbano (“Crisis”). Aunque quizás, para cuando lleguen esas canciones, alguno ya se habrá quedado dormido.
