Hace casi diez años, allá por 2001, una resplandeciente canción titulada Universal abría Radio, tercer disco de la formación valenciana La Habitación Roja. No es casualidad que la banda de L’Eliana haya utilizado el mismo nombre para presentarnos su séptimo álbum –dejando a un lado las decenas de EPs, singles y recopilaciones de caras B que han ido pariendo a lo largo de su trayectoria–, ya que en este trabajo que aquí analizamos se puede apreciar un claro intento de volver a sus orígenes, es decir, de girar hacia el pop más claro y brillante, representado por la mentada canción o por el disco donde se incluía.
Tras firmar cuatro acertados tratados de pop luminoso en sus respectivos primeros álbumes –La Habitación Roja (98), Largometraje (99), Radio (01) y 4 (03)–, la formación encabezada por Jorge Martí y Pau Roca entraba en una época distinta a partir de Nuevos tiempos (05), con cambio de discográfica y grabación en Chicago junto al curtido Steve Albini. Las guitarras adquirían más importancia y el sonido se volvía ligeramente más áspero, ofreciendo nuevos matices que seguirían explorando con la ayuda del mismo productor en Cuando ya no quede nada (07), que era hasta la fecha su más reciente entrega discográfica. Por el camino quedaba un EP como Dirán que todo fue un sueño (06), de tono más intimista, grabado en Noruega.
No es que los discos grabados lejos de su tierra fueran desdeñables (más bien todo lo contrario), pero se podía apreciar que la madurez y los matices más eléctricos de la nueva senda transitada por La Habitación Roja les habían alejado del júbilo instantáneo que provocaban las canciones de su época inicial. Algo así debió entender la banda cuando, aprovechando la aún reciente reedición de sus primeros trabajos, realizaron algún concierto donde sólo incluían repertorio de los mismos. Tal vez gracias al reencuentro con sus primeras composiciones prendió la chispa que les ha hecho volver a grabar en tierras valencianas, y a sonar mucho más espontáneos en Universal.
Este nuevo álbum nos vuelve a mostrar a un grupo que suena directo y natural, dando primacía a la melodía pero esmerándose en los arreglos, que embellecen el resultado final sin resultar demasiado obvios. En sus 48 minutos es imposible hallar un solo momento flojo, alternando unos pocos pasajes pausados como Una nueva oportunidad, No deberías o Younger con otros donde el grupo da lo mejor de sí mismo: ese himno automático que es la inicial Voy a hacerte recordar (con coros cristalinos a lo Teenage Fanclub), el single perfecto llamado Febrero, seguido de Muertos vivientes o Cajas tristes, brillantes canciones de pop que nos hacen retroceder una década, cuando descubrimos temazos como Mi habitación o Crónico. Tampoco podemos dejar de mencionar Algo nos pasa, que nos recuerda al tono lánguido de Posidonia.
Este regreso al terreno del pop más optimista y radiante –la rabia ya la mostrarán en sus tremendos conciertos, como siempre– vuelve a emocionar en su totalidad, logrando ilusionar de nuevo a quienes pensábamos que aquí es donde mejor se desenvuelve La Habitación Roja. Así pues, jugada perfecta para acabar dando luz al que será uno de los mejores trabajos de este 2010.
Tras firmar cuatro acertados tratados de pop luminoso en sus respectivos primeros álbumes –La Habitación Roja (98), Largometraje (99), Radio (01) y 4 (03)–, la formación encabezada por Jorge Martí y Pau Roca entraba en una época distinta a partir de Nuevos tiempos (05), con cambio de discográfica y grabación en Chicago junto al curtido Steve Albini. Las guitarras adquirían más importancia y el sonido se volvía ligeramente más áspero, ofreciendo nuevos matices que seguirían explorando con la ayuda del mismo productor en Cuando ya no quede nada (07), que era hasta la fecha su más reciente entrega discográfica. Por el camino quedaba un EP como Dirán que todo fue un sueño (06), de tono más intimista, grabado en Noruega.
No es que los discos grabados lejos de su tierra fueran desdeñables (más bien todo lo contrario), pero se podía apreciar que la madurez y los matices más eléctricos de la nueva senda transitada por La Habitación Roja les habían alejado del júbilo instantáneo que provocaban las canciones de su época inicial. Algo así debió entender la banda cuando, aprovechando la aún reciente reedición de sus primeros trabajos, realizaron algún concierto donde sólo incluían repertorio de los mismos. Tal vez gracias al reencuentro con sus primeras composiciones prendió la chispa que les ha hecho volver a grabar en tierras valencianas, y a sonar mucho más espontáneos en Universal.
Este nuevo álbum nos vuelve a mostrar a un grupo que suena directo y natural, dando primacía a la melodía pero esmerándose en los arreglos, que embellecen el resultado final sin resultar demasiado obvios. En sus 48 minutos es imposible hallar un solo momento flojo, alternando unos pocos pasajes pausados como Una nueva oportunidad, No deberías o Younger con otros donde el grupo da lo mejor de sí mismo: ese himno automático que es la inicial Voy a hacerte recordar (con coros cristalinos a lo Teenage Fanclub), el single perfecto llamado Febrero, seguido de Muertos vivientes o Cajas tristes, brillantes canciones de pop que nos hacen retroceder una década, cuando descubrimos temazos como Mi habitación o Crónico. Tampoco podemos dejar de mencionar Algo nos pasa, que nos recuerda al tono lánguido de Posidonia.
Este regreso al terreno del pop más optimista y radiante –la rabia ya la mostrarán en sus tremendos conciertos, como siempre– vuelve a emocionar en su totalidad, logrando ilusionar de nuevo a quienes pensábamos que aquí es donde mejor se desenvuelve La Habitación Roja. Así pues, jugada perfecta para acabar dando luz al que será uno de los mejores trabajos de este 2010.
