Las antiguas maravillas del mundo siempre han albergado maldiciones que han perseguido a todos aquellos exploradores que han osado destapar sus secretos. Una de las más conocidas es la maldición del faraón, la cual se venga de todos los aventureros que profanen las tumbas sagradas de las pirámides. En 1699, un barco polaco que transportaba dos momias fue perseguido por visiones espectrales y tormentas inhumanas. En 1803, cuatro miembros de una expedición entraron en la pirámide de Jafra y nunca salieron. Y en 1922, la tumba de Tutankamón fue abierta y se sucedieron una serie de muertes espeluznantes entre el equipo de excavación. Durante los siguientes 90 años, no se profanó ninguna tumba más. Hasta ahora.