Mark Millar lleva desde que fundó Millarworld dinamitando el género de superhéroes desde dentro, con propuestas como Kick-Ass, Nemesis, Superior o la enorme Kingsman, y en 2013 decidió que también quería su propia épica generacional, algo con la ambición de una saga familiar y la crueldad de un cómic escrito por alguien que no cree demasiado en los héroes de capa. Así nació Jupiter's Legacy junto a Frank Quitely, y desde entonces la historia ha ido creciendo por entregas, secuelas y precuelas hasta convertirse en la serie más larga que Millar ha publicado bajo su propio sello. El título que nos ocupa llega con Tommy Lee Edwards al dibujo, el mismo artista que ya se encargó de Requiem, y con la misión nada sencilla de poner el punto final a más de una década de padres decepcionados, hijos rebeldes y un misterio que llevaba gestándose desde el primer número.
El punto de partida sigue siendo el mismo que fascinó a los lectores hace más de una década: una llamada desesperada desde una isla en mitad del océano, en plena Gran Depresión de 1929, y un hombre que empieza a recibir mensajes en sueños que prometen salvar a un país al borde del colapso. Lo que en su momento fue el origen accidental de una nueva raza de superhumanos se revela ahora como algo mucho más siniestro, y sin destripar el desenlace (que sería un delito imperdonable), baste decir que hijos y nietos descubren que aquellos poderes nunca fueron un regalo, sino parte de un plan bastante más oscuro para la humanidad entera. El guionista juega aquí de nuevo a lo que mejor sabe hacer: dejar que el lector crea que controla la información y arrebatársela de golpe cuando menos se lo espera.
Porque si algo caracteriza a este cierre es la vocación de epopeya total: la propuesta abarca desde el origen de la especie hasta un enfrentamiento con implicaciones cósmicas, sin dejar nunca de lado el drama familiar que ha sostenido toda la serie. Los protagonistas llevan generaciones cargando con el peso de una reputación que nunca pidieron, y el guion aprovecha ese conflicto para colar reflexiones sobre el sueño americano, la herencia y lo que estamos dispuestos a sacrificar por quienes vienen detrás. No hace falta haber seguido religiosamente cada miniserie anterior para engancharse; el tomo funciona como una crisis final que se explica lo suficiente sola.
Edwards aporta ese estilo pictórico, semirrealista y algo sucio que le sienta de maravilla a una historia que combina paisajes alienígenas con rostros humanos cansados de cargar con capas que pesan más de lo que aparentan. Su trabajo funciona especialmente bien en las secuencias más expositivas, esas en las que hay que soltar mucha información sin que el lector se aburra, aunque conviene avisar de que en algún tramo del recopilatorio el testigo pasa a otro dibujante y el nivel baja de forma perceptible; nada que arruine la lectura, pero sí un bache que se nota.
Con todo, esta entrega cumple lo que promete: cierra una saga larga, ambiciosa y con más giros de los que cabría esperar en cinco números, y lo hace sin traicionar el tono que la hizo interesante desde el primer día. Para quien haya seguido la serie desde sus comienzos es prácticamente lectura obligada, y para quien llegue de nuevas, sirve como una entrada intensa a uno de los universos más personales de Millar. Corred a por él si os van las sagas de superhéroes que no tienen miedo de hacerle daño de verdad a sus personajes.
El punto de partida sigue siendo el mismo que fascinó a los lectores hace más de una década: una llamada desesperada desde una isla en mitad del océano, en plena Gran Depresión de 1929, y un hombre que empieza a recibir mensajes en sueños que prometen salvar a un país al borde del colapso. Lo que en su momento fue el origen accidental de una nueva raza de superhumanos se revela ahora como algo mucho más siniestro, y sin destripar el desenlace (que sería un delito imperdonable), baste decir que hijos y nietos descubren que aquellos poderes nunca fueron un regalo, sino parte de un plan bastante más oscuro para la humanidad entera. El guionista juega aquí de nuevo a lo que mejor sabe hacer: dejar que el lector crea que controla la información y arrebatársela de golpe cuando menos se lo espera.
Porque si algo caracteriza a este cierre es la vocación de epopeya total: la propuesta abarca desde el origen de la especie hasta un enfrentamiento con implicaciones cósmicas, sin dejar nunca de lado el drama familiar que ha sostenido toda la serie. Los protagonistas llevan generaciones cargando con el peso de una reputación que nunca pidieron, y el guion aprovecha ese conflicto para colar reflexiones sobre el sueño americano, la herencia y lo que estamos dispuestos a sacrificar por quienes vienen detrás. No hace falta haber seguido religiosamente cada miniserie anterior para engancharse; el tomo funciona como una crisis final que se explica lo suficiente sola.
Edwards aporta ese estilo pictórico, semirrealista y algo sucio que le sienta de maravilla a una historia que combina paisajes alienígenas con rostros humanos cansados de cargar con capas que pesan más de lo que aparentan. Su trabajo funciona especialmente bien en las secuencias más expositivas, esas en las que hay que soltar mucha información sin que el lector se aburra, aunque conviene avisar de que en algún tramo del recopilatorio el testigo pasa a otro dibujante y el nivel baja de forma perceptible; nada que arruine la lectura, pero sí un bache que se nota.
Con todo, esta entrega cumple lo que promete: cierra una saga larga, ambiciosa y con más giros de los que cabría esperar en cinco números, y lo hace sin traicionar el tono que la hizo interesante desde el primer día. Para quien haya seguido la serie desde sus comienzos es prácticamente lectura obligada, y para quien llegue de nuevas, sirve como una entrada intensa a uno de los universos más personales de Millar. Corred a por él si os van las sagas de superhéroes que no tienen miedo de hacerle daño de verdad a sus personajes.
