Hay algo bastante curioso, y a la vez muy inteligente, en leer seguidos estos dos números de la colección, porque estamos ante dos grapas casi opuestas que, sin embargo, funcionan sorprendentemente bien como una pequeña unidad. La primera supone la despedida momentánea de Tom King y Daniel Sampere, con la participación de Jorge Fornés, cerrando arco y dejando plantadas unas cuantas semillas bastante inquietantes para el futuro, mientras que la segunda entrega pasa las llaves de la colección a Stephanie Williams y Jeff Spokes, cambia radicalmente el tono y permite que Diana, y de paso nosotros, respire un poco. Después de todo lo que King le ha hecho pasar a la amazona durante su etapa, ya tocaba.
Wonder Woman #18 es, sobre todo, un epílogo. Mouse Man ha dejado de ser aquel villano casi ridículo que cualquiera habría despachado como una nota a pie de página en la historia de nuestra protagonista y se ha convertido, gracias a este genial guionista, en algo bastante más desagradable, patético, miserable y peligroso. La gracia está precisamente ahí: King no necesita transformar al personaje en Darkseid para hacerlo amenazador, le basta con trabajar sobre el miedo, el control, la manipulación y esa capacidad tan humana de convertir una idea absurda en una barbaridad cuando alguien consigue que suficientes personas crean en ella. El enfrentamiento llega a su final, por supuesto, pero King está bastante más interesado en las consecuencias de la victoria que en llenar veinte páginas de mamporros. Y hace bien.
Visualmente seguimos teniendo a un Sampere extraordinario, capaz de dibujar a Wonder Woman con una presencia física que llena la página incluso cuando apenas está haciendo nada, algo bastante más difícil de conseguir que colocarla repartiendo espadazos a media docena de monstruos. Su Diana tiene peso, fuerza y una serenidad casi intimidatoria. Por su parte, Jorge Fornés introduce una textura diferente en las secuencias que miran hacia lo que está por venir, más seca, incómoda y amenazadora, evitando que la grapa se limite a bajar el telón sobre el villano. Hay cierre, sí, pero también queda esa desagradable sensación de que King lleva bastante tiempo colocando piezas sobre el tablero y algunas empiezan a tener muy mala pinta.
Y entonces llega la siguiente entrega y alguien abre las ventanas. Williams, autora que conoce perfectamente este rincón de la mitología amazona, aprovecha el descanso de Diana para devolvernos a Themyscira y colocar en primer plano a Nubia, Philippus, Donna Troy, Cassie Sandsmark, Yara Flor y, por supuesto, a la pequeña Lizzie. La premisa podría resumirse casi como "las guerreras más formidables del planeta tienen que hacer de niñeras", y sería muy fácil convertir algo así en una sucesión de chistes más o menos simpáticos, pero la escritora entiende que detrás de la comedia hay algo mucho más interesante: Diana está agotada y por una vez puede permitirse apoyarse en su familia. Parece una tontería. No lo es en absoluto.
También cambia por completo el apartado gráfico. Spokes no intenta competir con el monumentalismo de Sampere, lo cual habría sido una batalla perdida antes de empezar, y apuesta por personajes muy expresivos, una narración más ligera y una Themyscira que se siente real en lugar de funcionar únicamente como escenario mitológico. Ese cambio le sienta fenomenal al episodio y permite que las relaciones entre las amazonas sean las verdaderas protagonistas, aunque sería un error acomodarse demasiado pensando que estamos simplemente ante una simpática pausa entre tragedia y tragedia. Hay elementos bajo la superficie que recuerdan que esta etapa continúa avanzando hacia algo bastante más grande, y que la tranquilidad en esta colección suele durar lo que tardamos en pasar una página.
Wonder Woman #18 es, sobre todo, un epílogo. Mouse Man ha dejado de ser aquel villano casi ridículo que cualquiera habría despachado como una nota a pie de página en la historia de nuestra protagonista y se ha convertido, gracias a este genial guionista, en algo bastante más desagradable, patético, miserable y peligroso. La gracia está precisamente ahí: King no necesita transformar al personaje en Darkseid para hacerlo amenazador, le basta con trabajar sobre el miedo, el control, la manipulación y esa capacidad tan humana de convertir una idea absurda en una barbaridad cuando alguien consigue que suficientes personas crean en ella. El enfrentamiento llega a su final, por supuesto, pero King está bastante más interesado en las consecuencias de la victoria que en llenar veinte páginas de mamporros. Y hace bien.
Visualmente seguimos teniendo a un Sampere extraordinario, capaz de dibujar a Wonder Woman con una presencia física que llena la página incluso cuando apenas está haciendo nada, algo bastante más difícil de conseguir que colocarla repartiendo espadazos a media docena de monstruos. Su Diana tiene peso, fuerza y una serenidad casi intimidatoria. Por su parte, Jorge Fornés introduce una textura diferente en las secuencias que miran hacia lo que está por venir, más seca, incómoda y amenazadora, evitando que la grapa se limite a bajar el telón sobre el villano. Hay cierre, sí, pero también queda esa desagradable sensación de que King lleva bastante tiempo colocando piezas sobre el tablero y algunas empiezan a tener muy mala pinta.
Y entonces llega la siguiente entrega y alguien abre las ventanas. Williams, autora que conoce perfectamente este rincón de la mitología amazona, aprovecha el descanso de Diana para devolvernos a Themyscira y colocar en primer plano a Nubia, Philippus, Donna Troy, Cassie Sandsmark, Yara Flor y, por supuesto, a la pequeña Lizzie. La premisa podría resumirse casi como "las guerreras más formidables del planeta tienen que hacer de niñeras", y sería muy fácil convertir algo así en una sucesión de chistes más o menos simpáticos, pero la escritora entiende que detrás de la comedia hay algo mucho más interesante: Diana está agotada y por una vez puede permitirse apoyarse en su familia. Parece una tontería. No lo es en absoluto.
También cambia por completo el apartado gráfico. Spokes no intenta competir con el monumentalismo de Sampere, lo cual habría sido una batalla perdida antes de empezar, y apuesta por personajes muy expresivos, una narración más ligera y una Themyscira que se siente real en lugar de funcionar únicamente como escenario mitológico. Ese cambio le sienta fenomenal al episodio y permite que las relaciones entre las amazonas sean las verdaderas protagonistas, aunque sería un error acomodarse demasiado pensando que estamos simplemente ante una simpática pausa entre tragedia y tragedia. Hay elementos bajo la superficie que recuerdan que esta etapa continúa avanzando hacia algo bastante más grande, y que la tranquilidad en esta colección suele durar lo que tardamos en pasar una página.
