A estas alturas resulta bastante difícil discutir que Matt Wagner y Steven T. Seagle hicieron algo realmente especial cuando, en plena efervescencia de Vertigo durante los años noventa, recuperaron a Wesley Dodds, uno de esos personajes de la Edad de Oro que parecían destinados a convertirse en simpática arqueología superheroica. En lugar de actualizarlo a base de músculos, explosiones y uniformes imposibles, hicieron prácticamente lo contrario: lo metieron en las calles de la Nueva York de finales de los años treinta, lo rodearon de corrupción, racismo, desigualdad, sexo, violencia y personajes bastante poco recomendables, y construyeron alrededor de él una de las propuestas noir más peculiares que ha publicado DC. Y este segundo volumen recoge precisamente el momento en el que aquella magnífica idea ya ha dejado atrás las presentaciones y empieza a enseñar los dientes.

Nuestro protagonista sigue siendo un héroe muy extraño, millonario, atormentado por sueños que le muestran crímenes y armado con una máscara antigás y una pistola de gas somnífero que parece más propia de una película pulp de sesión doble que de un miembro de la Sociedad de la Justicia. Y ahí está buena parte de su encanto. Los casos que plantean Wagner y Seagle tienen asesinos, depredadores, cadáveres y unas cuantas personas capaces de demostrar que para encontrar auténticos monstruos no hace falta buscar extraterrestres ni abrir portales dimensionales. El componente superheroico sigue presente, por supuesto, e incluso aparecen conexiones con otros personajes de la vieja DC, pero funciona como condimento de unas historias que pertenecen mucho más al thriller criminal, al folletín y al cine negro que al tebeo de capas y mamporros.

Y luego está Dian Belmont, porque reducir esta colección a las correrías nocturnas de Wesley sería quedarse con la mitad del asunto. Su presencia, su personalidad y la relación que mantiene con Dodds adquieren cada vez más peso, permitiendo a los guionistas hablar de secretos, confianza, independencia, roles sociales y de esa maravillosa capacidad que tienen los seres humanos para complicar cualquier relación aunque no haya un asesino rondando por el vecindario. Los escritores manejan a la perfección la estructura de casos desarrollados en varios capítulos, con ese aroma de serial antiguo que le sienta de maravilla a la colección, mientras van dejando crecer a los personajes entre investigación e investigación. Hay trama, mucha, pero lo verdaderamente adictivo acaba siendo comprobar qué les ocurre a quienes viven alrededor de ella.

Visualmente el gran responsable de que todo esto tenga semejante personalidad continúa siendo Guy Davis, cuya línea nerviosa, irregular, expresiva y deliberadamente feísta parece haber nacido para estas calles. Aquí la gente tiene barriga, arrugas, ojeras, narices enormes, trajes que no siempre sientan bien y caras que probablemente no conseguirían demasiados seguidores en Instagram (afortunadamente estamos en 1938). Cuando entran Vince Locke o Warren Pleece el aspecto cambia, a veces de forma bastante perceptible, pero la suciedad, las sombras y la sensación de estar contemplando una ciudad que esconde algo desagradable detrás de cada puerta continúan presentes.

Hay además una virtud que cada vez aprecio más en este título: jamás parece avergonzarse de tomarse su tiempo. Puede dedicar espacio a una conversación, a una mirada incómoda, a una discusión sentimental o a un personaje secundario que cualquier otra colección despacharía en tres viñetas, y esa tranquilidad permite que los momentos violentos resulten todavía más desagradables cuando finalmente llegan.

Quien busque superhéroes tradicionales probablemente tenga opciones mucho más apropiadas en cualquier estantería de DC. Quien disfrute con el noir, los personajes imperfectos, las historias criminales desagradables, la ambientación histórica y aquella Vertigo que parecía empeñada en demostrar que prácticamente cualquier personaje podía convertirse en material adulto si caía en las manos adecuadas, debería poner esta propuesta muy arriba en su lista. Este segundo volumen —y sí, aquí merece la pena hacer el esfuerzo de empezar por el primero— demuestra por qué la serie sigue siendo una pequeña joya de culto más de tres décadas después de su nacimiento. Corred a vuestra librería, poneos cómodos y dejad la luz encendida. Wesley Dodds ya duerme bastante mal por todos nosotros.