Phillip Kennedy Johnson comienza aquí a mostrar verdaderamente las cartas de una etapa que, con el tiempo, terminaría convertida en una de las aproximaciones más interesantes al Hombre de Acero de los últimos años. Después de colocar las piezas y definir el nuevo escenario, este volumen arranca la maquinaria que conducirá a la gran saga de Mundo Guerra, recuperando a Mongul como algo bastante más inquietante que el bruto gigantesco de turno y, sobre todo, entendiendo perfectamente qué hace especial a Superman. Porque pegar muy fuerte lo hacen muchos. Mantener tus principios cuando todo a tu alrededor parece empeñado en demostrarte que estás equivocado ya es otra cosa.

La historia comienza a gran escala, con la amenaza de Mundo Guerra aproximándose y una serie de misteriosos acontecimientos que terminan conectando a Superman con refugiados procedentes de ese terrible lugar, pero el escritor tiene la inteligencia suficiente para no convertirlo todo inmediatamente en una sucesión de mamporros cósmicos. Hay Krypton, Atlantis, política, tensiones dentro del propio universo DC, una Liga de la Justicia que empieza a mirar con preocupación determinadas decisiones de Clark y, por supuesto, un buen villano moviendo sus piezas desde la distancia. Muchas cosas, sí, pero la sensación no es la de estar ante una colección de subtramas atropelladas, sino ante los primeros movimientos de algo considerablemente más grande.

Y precisamente ahí está una de las grandes virtudes del guionista: su Superman funciona porque sigue siendo Superman. Esperanzado sin resultar ingenuo, poderosísimo sin convertirse en un matón con capa, capaz de escuchar antes de golpear y convencido de que salvar a alguien significa bastante más que impedir que le caiga un edificio encima. Johnson aprovecha además la aparición de refugiados procedentes de Mundo Guerra para hablar de identidad, esclavitud, culturas sometidas y de hasta qué punto un símbolo puede convertirse en algo peligroso para quien gobierna mediante el miedo. Todo ello mientras prepara una guerra espacial enorme.


En el apartado gráfico hay varios nombres, entre ellos Daniel Sampere, Christian Duce, Trevor Hairsine, Scott Hanna, un inesperado Ben Templesmith, Siya Oum o Scott Godlewski, aunque es claramente Sampere quien deja algunas de las imágenes más poderosas del volumen. Su protagonista tiene presencia, volumen, nobleza; parece realmente capaz de mover una montaña pero conserva esa humanidad indispensable para que el personaje funcione, y cuando toca enseñar naves, ejércitos o amenazas de escala planetaria sabe ampliar el espectáculo sin convertir las viñetas en un galimatías. La variedad de artistas provoca inevitablemente algún pequeño cambio visual entre capítulos, pero no llega a romper la lectura.

Así que sí, estamos entrando en terreno serio. Si los anteriores volúmenes servían para descubrir qué clase de Superman quería escribir el responsable de esta propuesta, aquí empezamos a comprender hasta dónde pretende llevarlo, y la respuesta es bastante lejos. Ciencia ficción, intriga política, épica superheroica, una amenaza que va creciendo lentamente y un protagonista tratado con enorme respeto hacen de esta entrega una lectura estupenda por sí misma y, todavía más, una pieza fundamental para lo que viene después. Si estáis siguiendo la colección, ni se os ocurra saltárosla. Y si todavía no habéis entrado en esta etapa, empezad a hacer hueco en la estantería, porque Mundo Guerra acaba de asomar la cabeza y la cosa promete ponerse muy, muy interesante para todos los implicados.