Tom Taylor cierra con este volumen una etapa que quizá haya resultado más breve de lo que prometía su estupendo planteamiento inicial, pero que ha sabido devolver a Dick Grayson, Donna Troy, Starfire, Raven, Cyborg, Beast Boy y compañía esa sensación de familia superheroica que siempre ha diferenciado al grupo de una simple Liga de la Justicia de segunda división. Panini reúne aquí los números que ponen punto final a los quince episodios escritos por Taylor, con Stephen Segovia, Lucas Meyer y Daniele Di Nicuolo ocupándose del apartado gráfico. Y sí, después de Mundo Bestia las cosas están bastante calentitas.

Porque el gran acierto de esta entrega consiste en no hacer como si nada hubiera ocurrido. Los Titanes han salvado el mundo, pero parte de ese mismo mundo los mira ahora con miedo y Amanda Waller, que cada vez que aparece parece llevar debajo del brazo una carpeta con cincuenta maneras distintas de fastidiar a los superhéroes, está encantada de aprovecharlo. Taylor juega con la desinformación, la manipulación de la opinión pública y la posibilidad de destruir a un grupo sin necesidad de pegarle primero un puñetazo, mientras el Doctor Morrow prepara una amenaza específicamente diseñada contra ellos. Todo esto funciona especialmente bien porque los protagonistas siguen empeñados en comportarse como héroes incluso cuando aquellos a quienes intentan ayudar preferirían verlos desaparecer.

Pero el verdadero corazón de esta entrega está dentro del propio equipo, y ahí entra Raven. Algo no marcha bien, sus compañeros comienzan a percibirlo y el guionista aprovecha esa sospecha para ir aumentando una tensión que mezcla drama de personajes, conspiraciones, demonios, acción superheroica a lo bestia y ese sentido del humor que tan bien maneja el guionista cuando deja a sus personajes hablar y comportarse como personas y no como muñecos destinados únicamente a intercambiar mamporros. El problema es que estamos ante terrenos bastante conocidos para cualquiera que haya leído unas cuantas etapas de los Titanes: Raven, sus demonios interiores y las amenazas de carácter sobrenatural forman parte casi del mobiliario de la colección. Taylor no reinventa precisamente esa parcela de la mitología del grupo, pero consigue que vuelva a resultar divertida.

Quizá quede la impresión de que Taylor podía haber hecho bastante más con aquella fabulosa idea de colocar a los Titanes como principal referencia superheroica del Universo DC tras la desaparición temporal de la Liga de la Justicia. Quince números —con un cumplidor aunque algo molesto evento metiéndose además por medio— saben a poco, algunos personajes reciben mucha más atención que otros y el último arco recurre a elementos que la franquicia ha utilizado en numerosas ocasiones. Pero cuando Taylor acierta, acierta precisamente en lo fundamental: Dick y los demás funcionan porque se quieren, se conocen desde hace media vida, pueden salvar un planeta por la mañana y discutir como amigos por la tarde. Esa química continúa siendo el arma secreta de la colección.


Así que, aunque no estemos ante una etapa destinada a desplazar de los altares a Marv Wolfman y George Pérez, este tercer volumen deja un cierre tremendamente entretenido, espectacular cuando toca repartir golpes y, sobre todo, muy consciente de que los Titanes funcionan mejor cuando detrás de los uniformes hay una panda de amigos intentando protegerse mutuamente. Quienes hayan disfrutado de los dos tomos anteriores pueden entrar aquí de cabeza porque recibirán una conclusión completa de la etapa de Taylor; quienes todavía no hayan empezado, mejor hacerlo desde el primer volumen y disfrutar del recorrido entero.