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Kill or Be Killed: Encrucijada diabólica

Un artículo de Rodrigo Arizaga Iturralde - Introducido el 21/09/2019
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El dúo creativo formado por el guionista Ed Brubaker y el dibujante Sean Phillips nos tiene mal acostumbrados por partida doble. Por un lado la calidad y la constancia de sus colaboraciones a lo largo de los últimos años (Sleeper, Criminal, The Fade Out) han convertido el anuncio de cada nuevo proyecto de la pareja en poco menos que un acontecimiento. Pero por el otro su adscripción casi exclusiva al genero noir predispone a los lectores a esperar de cada nueva obra una serie de elementos y lugares comunes que no siempre permiten apreciar cada nueva obra por sus propios méritos. Era el caso de Incógnito con la literatura pulp, de Fatale con el terror lovecraftiano y es el de Kill or Be Killed, donde lo sobrenatural se da la mano con el subgénero de los justicieros urbanos.


Editada por Image Comics, Kill or Be Killed parte de lo que en la industria de entretenimiento suele denominarse como “High Concept”: una premisa tan sencilla como treméndamente llamativa que puede resumirse en pocas palabras. Tanto que de hecho no es sorprendente que Hollywood se haya lanzado en plancha a adquirir los derechos de la obra que nos ocupa de cara a su adaptación cinematográfica. En el caso de la obra que nos ocupa su definición más simple consiste en la historia de Dylan, un joven depresivo que tras un engaño amoroso opta por cometer suicidio. Sin embargo, para su sorpresa quitarse la vida no supondrá el final de sus problemas, sino el inicio. Salvado por un demonio, Dylan se verá atrapado en la angustiosa situación de tener que matar a alguien por cada mes de vida que obtenga a partir de entonces. Atrapado entre la espada y la pared ahora que conoce el infierno (literal) que le espera, Dylan comienza a buscar a sus futuras víctimas entre el mundo criminal.


En manos de cualquier otro guionista con menos talento dicha premisa fácilmente podría haberse convertido en una efectista sucesión de escenas de acción plagadas de elementos sobrenaturales. Sin embargo, Brubaker es lo suficientemente astuto para, pese a partir de una premisa fantástica, centrarse en el realismo y prestar más atención a las consecuencias y dilemas morales de la violencia que a la violencia en sí. Frente a las maquinas de matar concienciadas y extremadamente eficientes a las que acostumbran las ficciones sobre vigilantes, Dylan se topa de bruces no solo con su torpeza, sino también con las restricciones del mundo real.

Cuestiones como la forma de encontrar en los alrededores a algún criminal que de verdad merezca morir, qué método elegir para eliminarle, como asegurarse de que nadie más salga herido, cómo evitar que te pillen una vez está hecho o como mantener en secreto tu actividad como vigilante, adquieren connotaciones deprimentemente reales y que difieren del típico cómic donde un simple balanceo nocturno por los tejados lleva a descubrir una escena del crimen o la experiencia, recursos y sangre fría de un personaje como el Punisher marveliano. Eso por no mencionar los remordimientos, dudas e inseguridades del protagonista eficazmente expresados mediante monólogos interiores, los cuales dejan asimismo la puerta abierta a la posibilidad de que en realidad todo el elemento sobrenatural sea fruto de la trastornada mente de su protagonista… o no.


Las andanzas de este justiciero a su pesar son ilustradas por un Phillips que de nuevo sobresale a la hora de dibujar parajes urbanos y juegos de sombras y claroscuros propios de ambientes típicos de la serie negra. Sin embargo esa estética realista y de tonos oscuros a la que nos tienen acostumbradas sus anteriores colaboraciones con Brubaker contrasta con un diseño de página más estilizado, destacando esas láminas en forma bien de una única ilustración, bien varias viñetas, con un lateral en blanco rellenado por los textos del guionista poniendo voz a los pensamientos del personaje. O los interludios visuales relacionados con el padre del protagonista, que se gana la vida como ilustrador gráfico, y que muestran el trabajo de este último haciendo gala de una estética diferente, más colorida y de estilo pictórico. Elementos con una mayor variedad cromática aportación de la colorista Elizabeth Breitweiser que, sin llegar a la estética luminosa de su colaboración previa con el dúo, aporta una mayor variedad y logra resaltar la emoción pertinente a cada escena.


Asimismo, y pese a lo angustioso y violento de la premisa, Kill or Be Killed también tiene espacio para el humor fruto de la torpeza del protagonista en sus primeras acciones contra el crimen (su intento de rescatar a dos mujeres que resultan prostitutas) o la relación con sus compañeros de piso que incluyen a su mejor amigo y la chica de este de la que Dylan está enamorado sin ser correspondido. Asimismo la estructura del argumento, plagado de flashbacks y con un medido ritmo que suele rematar el final de cada episodio con un intrigante “Continuará…”, dan una idea de cómo el contenido ha sido trabajado más allá de esa simple premisa inicial.


Originalmente anunciada como una serie abierta, Brubaker y Phillips decidieron darle cierre voluntariamente tras veinte números, prefiriendo terminar por lo alto antes de agotar el concepto a base de repetir mecánicamente el mismo. Con la edición española a cargo de Panini Cómics alcanzando el ecuador con la publicación de su segundo tomo es un buen momento para acercarse a una propuesta que, partiendo de una premisa que partiendo de numerosos referentes perfectamente reconocibles, logra gestar una entidad propia que contribuye a apuntalar al tándem Brubaker-Phillips como una de las duplas autorales mejor avenidas que el medio ha conocido en los últimos años.


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