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Manhunter: El cazador de Goodwin y Simonson

Un artículo de Rodrigo Arizaga Iturralde - Introducido el 25/04/2020
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En una época donde los grandes proyectos del mundo del cómic vienen avalados por la firma de autores consagrados y personajes populares, llama la atención caer en la cuenta sobre cómo muchas historias notables surgieron de improviso donde nadie las esperaba y acabaron ganando una merecida notoriedad gracias exclusivamente al talento vertido en ellas. Obras que frente a las imposiciones editoriales, motivadas a su vez por connotaciones comerciales, son libres de arriesgarse e innovar sin temor a las repercusiones. Obras como Manhunter.

Hacia principios de los años setenta un joven graduado de bellas artes llamado Walter Simonson se dedicaba a pasear su portafolio por las editoriales en busca de una oportunidad como dibujante. En DC Comics consiguió captar la atención del editor Archie Goodwin, quien rápidamente le asignaría el relanzamiento de un oscuro y olvidado héroe de la Edad de Oro llamado Manhunter. Creado a principios de los años cuarenta, Paul Kirk era el protagonista de un serial policíaco llamado Paul Kirk Manhunter publicado en la cabecera antológica Adventure Comics. El personaje, apodado así por su concepto de los criminales como presas a las que dar caza con sus habilidades, sería poco después rediseñado gráficamente para reconvertirse al género de los superhéroes (hecho este que generó cierta confusión editorial al coincidir con otros dos personajes de idéntico nombre) y, como muchos otros integrantes de este, quedó relegado al olvido con el declive comercial de los títulos superheroicos tras el fin de la IIª Guerra Mundial.

En 1973 Goodwin, que ejercía como guionista y editor de la serie Detective Comics, se encontró con el brete de tener que añadir a la misma un complemento de ocho páginas para completar la nueva extensión de los cómics mensuales impuesta por la editorial. En lugar de limitarse a añadir historias cortas sobre Batman (protagonista de la cabecera) y dado el tono de intriga de la serie, su elección fue la de recuperar a Manhunter y su faceta de cazador de criminales. Pero la novedad es que, mientras que relanzamientos de personajes clásicos previos como Green Lantern o Flash habían creado versiones completamente nuevas de los mismos, Goodwin decidió mantener al personaje original y su continuidad previa, trasladándolos al presente mediante una pirueta argumental de ciencia-ficción. Tras su muerte en una cacería a mediados de los 40, el cuerpo de Kirk había sido recuperado y revivido por una misteriosa organización científica llamada El Consejo. Mantenido en animación suspendida y dotado de habilidades regenerativas, la intención del consejo era la de convertir a Kirk en su brazo ejecutor como parte de un plan de dominación mundial. Tras rebelarse y huir, Kirk comenzaría a recorrer el mundo eliminando a los diferentes agentes infiltrados del Consejo, siendo perseguido a su vez por un escuadrón de sicarios formado por clones del propio Kirk.

La premisa tomaba el cómic de superhéroes y lo tamizaba a través de otros dos géneros muy en boga como el del thriller conspiranoico y las artes marciales (era la época tanto del Watergate como de las películas de Bruce Lee). Y aunque el guión era más que competente, fue el dibujo del bisoño Simonson lo que hizo que el serial despegase. Comenzando por el rediseño del traje del protagonista (originalmente una simple malla roja con guantes, botas y antifaz azules) que reducía su máscara y añadía unas vistosas botas y hombreras blancas que junto a estrellas arrojadizas y una vistosa daga hindú -mas una pistola Mauser- que le daban un aire oriental similar al de un samurái. Como narrador gráfico el futuro cronista de Thor aprovechó a fondo la oportunidad de desplegar todo su arsenal, convirtiendo la necesidad en una virtud al exprimir al máximo cada una de las ocho páginas mediante una elaborada planificación insólita en un teórico novato. Solo la primera historia (Detective Comics #437) ya incluía diversos flashbacks perfectamente diferenciados, largas escenas de acción sin diálogo y una distribución de viñetas que aprovechaba la disposición de los márgenes y textos de apoyo como parte activa de la narración.

Impresionado por el talento de su joven ilustrador, el propio Goodwin decidió hacer aún más ambiciosa su narración llevando a Manhunter y sus aliados (la agente de Interpol Christine St. Clair y el maestro ninja Asano Nitobe) a lo largo y ancho de las más exóticas localizaciones (Nepal, Calcuta, Marruecos, Turquía, Japón) con vistosas secuencias de acción y suspense dignas de los films de James Bond y una vibrante narración que rompía el sentido lineal a base de flashbacks, narraciones en paralelo e incluso interludios a cargo de otros personajes (como el gag del niño que observa absorto a una pelea entre el héroe y varios villanos sin que sus despistados padres se enteren). Un desafío que Simonson aceptó gustoso, elaborando páginas que rompían con la disposición académica aumentando entre ocho y dieciséis el número de viñetas en diferentes formatos, simulando toda clase de recursos visuales como el plano detalle, el ralentí, la superposición de imágenes, la ruptura de los bordes, imágenes que ocupan la mitad (o más) de la plancha… un despliegue visual derivado en una densidad narrativa que posibilitaba contar el triple de lo habitual en un cómic normal utilizando la mitad de espacio. Fue aquí también donde Simonson comenzó a utilizar ciertos los elementos visuales característicos de su estilo personal como el uso de las onomatopeyas como recurso narrativo con entidad propia.

Manhunter tuvo a su favor no solo la libertad que le concedía su condición de mero “relleno”, sino también la decisión de sus propios autores de poner punto y final a la historia tras siete entregas, ocupando la última toda la extensión de Detective Comics #443 y contando con la participación en la trama del propio Batman. Goodwin y Simonson cerraron de forma definitiva la historia de Paul Kirk dándole un final tan compacto –pese a la concesión editorial que suponía la presencia del hombre murciélago- que cuesta creer que no estuviese planificado desde el mismo inicio.

Un cierre que hasta la fecha se ha mantenido como definitivo (aunque la editorial haya reutilizado a posteriori el nombre de Manhunter con nuevos personajes) y al que en 1999 se añadiría una pequeña coda con motivo de una edición recopilatoria. Un epílogo con una peculiar intrahistoria ya que Goodwin, fallecido apenas un año antes, había dejado sin terminar el guión. Simonson acabaría dibujándolo como una historia muda donde se recuperaba a los secundarios del serial original para cerrar un cabo suelto de aquel (spoiler: clones) dejando intacto su desenlace. El resultado es un título con una merecida etiqueta de culto dentro del universo DC que aportó una sofisticada narrativa poco usual dentro del cómic de superhéroes del momento, contribuyendo a la renovación temática y artística del género durante la Edad de Bronce y que hoy, casi cinco décadas después, supone una lectura que sigue manteniendo la vitalidad y frescura de antaño.

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