test DC Black Label. ¡Plastic Man Nunca Más! Comic Digital
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DC Black Label. ¡Plastic Man Nunca Más!

Nueva y recomendable propuesta del sello adulto DC

Un artículo de Javier Jiménez Jiménez - Introducido el 21/02/2026

Nos encontramos ante una anomalía bienvenida en el catálogo actual: una obra que rescata a un personaje históricamente relegado a los márgenes y lo sitúa en un espacio donde puede desplegar una complejidad que rara vez se le concede. Para muchos lectores españoles, Plastic Man es poco más que un eco disperso de ediciones aisladas, una presencia fragmentaria en la memoria editorial. Precisamente por eso, esta miniserie funciona como un recordatorio de que la longevidad de un personaje no garantiza su exploración profunda; a veces se necesita una mirada contemporánea y ligeramente irreverente para desenterrar posibilidades que habían permanecido soterradas durante décadas.

Christopher Cantwell aprovecha ese vacío para plantear un relato de desgaste emocional y fisura identitaria. Lejos del humor permanente con el que tradicionalmente se asocia al personaje, aquí Plas descubre que su inestabilidad molecular es más que un problema físico: es un símbolo de una identidad que siempre ha operado detrás de una máscara literal y figurada. El guionista construye el drama sin imposturas, articulándolo a partir de la incapacidad del propio personaje para conectar con los demás, una incapacidad arraigada en su naturaleza maleable. Esa condición “elástica” -que para otros guionistas fue excusa para el gag- se convierte ahora en una metáfora del desgaste emocional que Cantwell quiere explorar, con una mirada que recuerda a los relatos sobre cómicos rotos, pero sin imitarlos.

La decisión de dividir el apartado gráfico entre Alex Lins y Jacob Edgar no es un capricho estético, sino un mecanismo narrativo que aporta una capa adicional a la lectura. Lins, con un trazo inquieto y orgánico, captura la fragilidad interna de nuestro protagonista y la convierte en un espectáculo de body horror que sorprende por su crudeza emocional. Edgar, en cambio, ofrece la versión procesada, la máscara luminosa y caricaturesca que Plastic Man proyecta hacia el mundo. La convivencia de ambas miradas no solo dinamiza el ritmo del tebeo, sino que refuerza la tesis central: detrás de la apariencia inofensiva y expansiva del personaje se oculta un malestar que el lector ha tardado más de 80 años en poder ver con nitidez.

En esta dualidad visual y conceptual se articula una obra que evita caer en el melodrama fácil. Cantwell no pretende reescribir la continuidad ni redefinir la mitología del personaje; su objetivo es explorar qué sucede cuando una figura construida para la evasión debe enfrentarse, por primera vez, a su propio derrumbe. El Dr. Sin Cara, antagonista que opera desde la lógica de las apariencias, funciona como un espejo deformado del protagonista y como recordatorio de que el héroe siempre ha sido un personaje partido entre la broma y la tragedia. Que esta historia exista fuera de continuidad permite licencias narrativas que se sentirían más forzadas en un entorno editorial estricto, pero aquí se integran con naturalidad porque responden a una intención clara: tensar al máximo la elasticidad del personaje, tanto física como emocional.

Al final, Plastic Man Nunca Más es una obra que quizás no busque convencer a quienes ya han decidido que este personaje es un protagonista menor, pero sí demuestra que aún quedan rincones de DC donde se pueden contar historias que incomodan, sorprenden y conmueven sin necesidad de eventos multitudinarios. Su mayor virtud es precisamente esa: revelar que incluso los iconos aparentemente ligeros tienen sombras que merece la pena explorar. Y aunque es probable que esta miniserie pase inadvertida para parte del público, sería un error ignorarla; no solo anticipa el talento creciente de Lins y Edgar, sino que reivindica a Plastic Man como un personaje capaz de sostener emociones que van mucho más allá del chiste fácil. Una rareza valiosa en un sello que, por fortuna, todavía permite estas apuestas.


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