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DC Black Label XL - Superman: Los Últimos Días de Lex Luthor

Mark Waid le da un giro al archienemigo del Hombre de Acero

Un artículo de Javier Jiménez Jiménez - Introducido el 24/05/2026

En tiempos en que Superman y Lex Luthor vuelven a ocupar el centro del escenario gracias al renovado impulso mediático del nuevo universo DC cinematográfico, Panini rescata Superman: Los últimos días de Lex Luthor en su imponente formato Black Label XL. Pero, lejos de aprovechar simplemente la ola de popularidad, el tomo plantea una pregunta más incómoda: ¿qué ocurre cuando la rivalidad más longeva de los cómics se ve obligada a abandonar el terreno de los discursos grandilocuentes para adentrarse en el de las verdades íntimas? La obra transforma un conflicto icónico en un examen de conciencia, y lo hace con una sutileza llamativa para un relato donde el protagonista puede levantar edificios con una mano.

Mark Waid retoma el binomio Superman-Luthor desde un ángulo que el lector veterano reconocerá, pero que aquí adquiere un matiz distinto, casi confesional. El Lex de estas páginas no es el villano que se relame en la sombra ni el titán corporativo que juguetea con la opinión pública: es un hombre agotado, consciente de haber llevado su guerra personal demasiado lejos. Su enfermedad, un lastre que podría parecer un mero detonante argumental, se convierte en un catalizador que desnuda sus convicciones, y también sus autoengaños. Por momentos, incluso se permite un humor involuntario, como si el propio Luthor intuyera lo absurdo que resulta haber pasado media vida intentando demostrar que él, y solo él, era el héroe de la historia.

Superman, por su parte, transita la narración como un gigante dubitativo, incómodo ante la tarea de salvar a quien tantas veces ha puesto en peligro al mundo. Pero ese desconcierto —tan humano que casi sorprende verlo en un semidiós solar- abre una veta narrativa que la obra explota con habilidad: la de un héroe obligado a preguntarse si su compasión tiene límites o si, en el fondo, su integridad depende precisamente de que no los tenga. Añade a eso un puñado de escenas de acción que Bryan Hitch ejecuta con oficio, y el contraste entre lo íntimo y lo espectacular funciona como un acorde bien afinado, sin estridencias.


El viaje conjunto de ambos personajes, que empieza como una misión médica y termina convirtiéndose en un recorrido por los escombros éticos de su relación, mantiene un tono melancólico sin volverse plomizo. De hecho, en más de una ocasión la obra coquetea con un humor oscuro, casi involuntario, que potencia la humanidad de los protagonistas: Superman tomando decisiones imposibles con gesto de funcionario saturado; Luthor explicando su visión del mundo como si repasara una presentación corporativa ante un auditorio imaginario. Ese toque de ironía nunca rompe la solemnidad del relato, pero sí lo oxigena.

El resultado es una reinterpretación madura, consciente de su herencia y de las expectativas que acarrea trabajar con dos iconos culturales de semejante tamaño. Puede que Hitch no brille como en sus tiempos de The Ultimates, pero su trazo sigue siendo capaz de imprimir gravedad a cada escena. Y Waid, fiel a su reputación de enciclopedia viviente del universo DC, construye una historia que sabe cuándo elevarse al terreno mítico y cuándo descender al barro emocional. Para quienes busquen un Superman menos marmóreo y un Luthor más humano —sin renunciar al ingenio corrosivo que lo define—, este tomo es una puerta ideal de entrada. Y, para qué negarlo, también una oportunidad de ver cómo dos enemigos históricos descubren que, a veces, la línea entre tragedia y comedia depende únicamente de quién tenga la última palabra.


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