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Shade, el hombre cambiante de Peter Milligan y Chris Bachalo #2

Vértigo emocional

Un artículo de José María Pérez Cuajares - Introducido el 18/08/2026

Hay que reconocer que Peter Milligan llegó a Vertigo con fama de escritor incómodo, de esos que cogen un personaje ajeno y lo desmontan pieza a pieza hasta quedarse solo con lo que le interesa, y con Shade, el hombre cambiante hizo exactamente eso... Tomó prestado al alienígena poeta de Steve Ditko y lo convirtió en mera excusa para hablar de otra cosa completamente distinta. Panini recupera ahora, en un cartoné de casi quinientas páginas, el tramo que va del número veinte al treinta y siete de la colección original, y lo hace justo en el momento en el que la serie deja de parecer un simple recorrido de rarezas por los Estados Unidos y empieza a comportarse como lo que en realidad es: un drama sentimental con ropajes de pesadilla.

El primer tomo tenía fama merecida de hueso duro de roer. Abrumaba, saltaba de un arco a otro sin avisar y dejaba al lector con la sensación de estar leyendo genialidad a ratos y ruido experimental el resto. Aquí, sin embargo, el guionista empieza a soltar amarras de esa fórmula episódica y deja que el verdadero motor de la historia, que no es otro que el trío formado por Shade, Kathy y Lenny, tome el control. La trama deja de ser la excusa y se convierte en carretera, ya que lo que realmente importa ya no es qué monstruo toca esta semana, sino cómo se están reorganizando los afectos entre esos tres personajes que llevan arrastrándose el uno al otro desde el primer número.

El tono sigue siendo surrealismo a raudales, ironía constante, un puñado de secundarios grotescos (analfabetos, yonquis, glamurosos y decadentes a partes iguales) y esa capacidad de Milligan para hacer que lo absurdo termine doliendo de verdad. Aquí el lector empieza por fin a entender hacia dónde quería llevarnos todo aquel caos inicial, sin que eso suponga renunciar ni un ápice a los excesos ni a la locura que ha definido la colección desde su primer capítulo.


En el apartado gráfico, el tomo reúne a un buen puñado de firmas además de la de Chris Bachalo, que sigue siendo el alma visual del proyecto: Jan Duursema, Brendan McCarthy, Colleen Doran, Duncan Eagleson, Glyn Dillon o Peter Gross se van turnando el lápiz, y lejos de resultar un despropósito, esa variedad de manos encaja con el espíritu mutante del propio Shade, siempre cambiando de piel, siempre incómodo en su propio cuerpo.

Quien disfrutó del primer tomo por lo experimental más que por lo narrativo va a encontrar aquí la pieza que le faltaba para entender por qué tanta gente sitúa esta etapa entre lo mejor que dio de sí Vertigo en sus primeros años. Y quien todavía no se ha atrevido con la serie, que sepa que este es un buen momento para hacerlo: hay identidad, percepción y sentimientos rotos suficientes como para llenar varias estanterías, y todo servido con la mala leche y la ternura a partes iguales que solo Milligan sabe combinar tan bien.


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