JOSÉ ANTONIO DE LA LOMA
[DESTACADO]5[/DESTACADO]La cruz que necesita toda cara. Si Eloy de la Iglesia hacía “cine de autor”, con su tesis y sus intenciones sociales, a la Loma le interesaba más el género puro y duro, la explotación sin concesiones, el sensacionalismo barato y fardón y la acción a raudales. En su haber, las imprescindibles dos entregas de “Perros callejeros”, todavía con la excusa del “retrato fiel de una realidad preocupante”, y “Los últimos golpes del Torete”, divertidísimo crossover de dos de los kinkis más emblemáticos, el Vaquilla y el Torete, ya sin coartadas de ningún tipo. Y de propina, “Perras callejeras”, sobre tres perdidas de la vida metidas a atracadores de bancos, y “Yo, el Vaquilla”, mítica biografía con olor a carátula de videoclub de barrio.
CHICAS MALAS

PRESTIGIO Y EXPLOTACIÓN
Varios directores “prestigiosos” se acercaron al rollo suburbial, de una forma parecida a la que, años atrás, la sosita “Cuentos eróticos” había abordado el fenómeno del softcore español. Los resultados, “Maravillas” de Gutiérrez Aragón, y “De tripas, corazón” de Julio Sánchez Valdés (starring “el Pirri”), fueron, en fin, títulos entonados y apreciables, pero carentes de la fuerza y la nitidez en el retrato de los clásicos por excelencia del subgénero. Quien firma esta líneas, no puede evitar preferir películas mucho menos distinguidas, encaminadas sin rubor alguno a la explotación de la fórmula, pero con bastante más verdad y carne en el asador: “La patria del rata” (con guión de Summers), “Juventud drogada”, “Chely, una historia estrictamente inmoral”, “Chocolate” y otros tantos incunables que merecían el más sesudo y coyuntural de los estudios.
REALIDAD
Clave básica del abrumador estilo de este cine, plenamente reconocible por el feísmo de la composición y la suciedad presente en cada uno de los planos. Nos guste o no, aquella era la realidad de nuestro país por aquellos años, y la cámara sólo retrataba lo que estaba frente a su objetivo. De ahí extraemos el principal handicap de las aproximaciones actuales: demasiada limpieza, demasiada composición de plano, demasiado academicismo y muy poquita realidad. Incluso, demasiada verosimilitud y muy poquita realidad. Como “Volando voy”, una película tan aplicada y loable como “Báilame el agua” (que vendría a ser a “Navajeros” lo que Los secretos a Burning, para entendernos) peca exactamente de eso. Al terminar de verla, puede que los no iniciados en actividades delictivas sintamos algo amargo en la boca, pero en ningún momento se nos pasa por la cabeza que Unax Ugalde o Pilar López de Ayala puedan terminar palmándola en un tiroteo o de una sobredosis. Mejor para ellos, pero peor para nosotros, como espectadores de cinema-verité castizo. (En contrapartida, esto sí ocurre en coproducciones más marginales, como “Cuernos de espuma” o “La vendedora de rosas”, cuyos protagonistas tuvieron finales tan desgraciados como los de “El Pirri” o Sonia Martínez. Cosas de la vida que imita al arte que imita a la vida…)
