Los estrenos de “Elephant” y “Thirteen” han puesto fin a un período en el que la adolescencia era rápidamente asociada con las juergas universitarias, la pérdida de la virginidad, los campeonatos de fútbol y cerveza y el compañerismo de buen rollo. Ahora, finalizada la saga “American pie”, la juventud vuelve a ser sinónimo de misterio, peligro y pesadilla. Los adultos vuelven a tener miedo de lo que tienen en su casa o al otro lado de los pupitres. Las claves pueden estar en la crisis de ideas, la necesidad de renovarse y el inagotable filón que siempre han supuesto los films de denuncia y alerta social, sumados a algún acontecimiento histórico significativo, como la matanza del instituto Columbine, que inspiró también el célebre documental de Michael Moore.
Los comienzos: tu hermano puede ser un delincuente
Los años cincuenta dieron lugar en los Estados Unidos a la primera gran eclosión del cine de denuncia encargado de explicar el comportamiento de los adolescentes y alertar sobre los peligros que les rodeaban. Llegaron entonces las películas conocidas como JD films, o películas de delincuentes, con títulos tan punteros como “High school confidencial!”, “High school caesar” o, unos años más adelante, “Infierno en Subset Strip”. En estas películas, muy reaccionarias unas y más moderadas otras, los institutos eran verdaderos centros de perversión, donde el sexo, las drogas y los enfrentamientos entre bandas campaban a sus anchas. En realidad, la denuncia de estas películas no era sino una excusa para reflejar, lo más explícitamente posible, esas cantidades de sexo y violencia con el beneplácito del código Hays. De hecho, pese a ser humildes productos de serie B, muchas acabarían siendo pequeños éxitos de taquilla, sobre todo entre los mismos adolescentes.
Con la llegada de los sesenta, el movimiento hippy y la fiebre por las drogas alucinógenas, las películas de denuncia viven una nueva edad de oro. Un éxito que tendrán que compartir con otras películas y documentales, que en lugar de atacar despiadadamente se limitan a retratar o incluso llegan a defender los principios de esta nueva juventud.
Toda esta evolución, mezclada por la notable influencia de corrientes europeas, provoca que en el cine comience a valorarse más el retrato fiel, casi documentalístico, que el cuento moralizante. Los realizadores comienzan a ver al espectador como un individuo pensante, capaz de sacar su propias conclusiones; esto no quiere decir que estas nuevas películas fueran menos tendenciosas, pero al menos, sí mucho más sutiles.
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