El garante de la historia


Autoproclamado defensor de la exactitud matemática, no puede contemplar una obra de ficción sin establecer una comparación milimétrica, evidentemente incoherente, entre su relato y aquello que pudo pasar en la realidad. Todo con una rotundidad que nos hace dudar si él realmente es parte presencial de la historia, y de si lo que pretendíamos observar era una película o un documental de Michael Moore para derrocar a Bush. Si aquello por ejemplo va de trescientos soldados enfrentados a un enorme ejército basándose en un relato antiguo, el tipo en cuestión estará dispuesto a adentrarse en una biblioteca y a acometer su primera lectura de un libro en años para contarlos uno a uno, todo con tal de ganarse el derecho a ser puntilloso al iluminarnos sobre sacrílegas contradicciones entre ambas fuentes. Así nos permitirá apreciar el inmenso, y posiblemente apocalíptico, daño cultural del que él nos puede salvar. Desgraciadamente el mérito se relativiza cuando esa búsqueda (labor de documentación lo llaman) lleva apenas dos minutos en google y el atento visionario que nos descubre las contradicciones ha sido alertado a su vez por otro de los suyos que pasa su vida universitaria en un foro y lo ha leído a su vez en alguna web extranjera (internet siempre alentando las reuniones de gente interesante, se sabe).

El “yo-estuve-allí”


Subespecie del “crítico natural”, en su caso la película, sus autores e intérpretes, merecen tanta atención como él. Es la consecuencia lógica del “todo vale” que practican en su ácrata naturalidad y puede revestir a su vez varias modalidades: tenemos al que inserta los “yo” y “en mi opinión” indiscriminadamente, como si hubiera dudas de que aquello es poco más (de hecho menos) que su opinión; el que pretende reforzarla tirando de curriculum “en mis estudios de cine de un curso de fin de semana de ‘cine y vino’ en Logroño...”; el que nos detalla cómo fue su visita al cine en una confesión autobiográfica de crítica-diario (“recogí a mi hermana y a su cuñado, nos fuimos a jugar a los bolos y después de tomarnos unos nachos nos dio por ir a ver una peli, y me dije, qué bien, porque soy crítico...”); o en el extremo opuesto del “glamour”, el que hace del ‘yo-estuve-allí’ una filosofía Forrest Gump. En este caso su intención es tratar de que entre tantas opiniones irrelevantes, la suya resuene especialmente valiéndose de su experiencia en el entorno o supuestos contactos más o menos relevantes (“en la rueda de prensa que yo presencié...” , “el director que habló conmigo un rato antes me dijo”... “el actor-extra que hace de árbol, que es conocido de un amigo de mi primo y le dijo una noche entre copas que...”). Capítulo aparte merece el que “como estuvo allí”, no es ya que sepa más que los demás, es que reconvierte su fascinación en agradecimiento: le gustan las películas con las que naturalmente se aburriría, pero el sólo hecho de haber estado en su presentación le lleva a un gozo autosugestionado como pago a la simpatía profesional de los actores en el acto de prensa.