¿Podríamos entender Ágora como una ampliación del campo de batalla planteado en Mar Adentro entre Ramón Sampedro y el Padre Francisco, quienes debatían en extremos opuestos de una escalera sobre la libertad personal y la tendencia de los oscurantismos religiosos a condenar a la hoguera a personajes inquietos como Hipatia [interpretada en Ágora por Rachel Weisz]?
En realidad, ya Los Otros (2001), mi tercer largometraje, trataba en el fondo sobre el agnosticismo. Con Mar Adentro me fui sumergiendo en el ateísmo, y Ágora es una película escrita definitivamente por un no creyente. Lo que no creo es que haya sido un proceso consciente, que cada una de esas películas haya constituido el eslabón de una cadena que tirase de mí hacia una posición determinada. Ágora, en principio, es una película sobre la astronomía, sobre una ciencia y sus consecuencias intelectuales. ¿Qué pasa? Que en cuanto empiezas a estudiar la historia de la astronomía, te das cuenta de que plantea una pregunta básica: “¿Dónde estamos?” Y eso choca de frente contra una visión religiosa que ha tendido tradicionalmente a hacernos creer que somos el centro de atención de cualesquiera divinidades. Es decir, volvemos al tema del ateísmo y la religión, y puedo ver que es el tema que subyace en mis tres últimas películas. Pero, insisto, no se trata de algo consciente, premeditado.
Cuando empezaste tu carrera, con títulos como Tesis (1996) o Abre los Ojos (1997), se te adjudicó una etiqueta de realizador de género, concretamente fantástico. Con cinco películas ya en tu haber, se aprecia otra cosa, un intento por recurrir a géneros variados (terror, fantasía, biopic, péplum) con los que el espectador está familiarizado, para darles una vuelta de tuerca con cierta intención ideológica.
Creo, a ver si esto no suena mal, que mi cine es contemporáneo, moderno, en el sentido de que trata sobre cosas que están ahí, presentes en nuestra sociedad; hasta Ágora, que se desarrolla hace dieciséis siglos, en realidad pretende hablar sobre nosotros. Eso puede implicar una mirada renovada sobre lo tradicional. Ahora bien, en cuanto a las formas, el modo que yo busco para conectar con los espectadores es bastante clásico, y lo clásico se mueve a través de los géneros: el musical, el western, el terror… yo, al contrario que otros cineastas de hoy, no siento un vacío a la hora de seguir esa ruta marcada por los clásicos porque la amo y creo que la conozco, la he mamado como espectador y la he disfrutado. Creo que conozco las claves de sus diferentes registros. Y, además, como para mí el cine tiene mucho de “viaje hacia”, y más en el caso de Ágora, que se ha llevado cuatro años de mi vida, nada mejor que un cambio constante de género para aumentar esa sensación de descubrimiento, de repensado de cada género que transito.
Dices que Ágora pretende hablar sobre nosotros, sobre el hoy. ¿Y qué quiere decirnos al respecto?
Que estamos en una época de cambio, de transformación. Todo ha entrado en cuestión, en decadencia, se pierde el rumbo; hay una suerte de desconcierto vital y cultural que puede inducir cambios. No necesariamente para peor, aunque debemos recordar que siempre que las democracias han estado en crisis se ha producido un auge de los extremismos, vuelven a surgir de debajo de las piedras los defensores de esas doctrinas totalitarias que prometen que todo volverá a funcionar bajo sus órdenes. En ese sentido, no me importa decir que Ágora, entre otras muchas cosas, es una reivindicación de la democracia.
En realidad, ya Los Otros (2001), mi tercer largometraje, trataba en el fondo sobre el agnosticismo. Con Mar Adentro me fui sumergiendo en el ateísmo, y Ágora es una película escrita definitivamente por un no creyente. Lo que no creo es que haya sido un proceso consciente, que cada una de esas películas haya constituido el eslabón de una cadena que tirase de mí hacia una posición determinada. Ágora, en principio, es una película sobre la astronomía, sobre una ciencia y sus consecuencias intelectuales. ¿Qué pasa? Que en cuanto empiezas a estudiar la historia de la astronomía, te das cuenta de que plantea una pregunta básica: “¿Dónde estamos?” Y eso choca de frente contra una visión religiosa que ha tendido tradicionalmente a hacernos creer que somos el centro de atención de cualesquiera divinidades. Es decir, volvemos al tema del ateísmo y la religión, y puedo ver que es el tema que subyace en mis tres últimas películas. Pero, insisto, no se trata de algo consciente, premeditado.
Cuando empezaste tu carrera, con títulos como Tesis (1996) o Abre los Ojos (1997), se te adjudicó una etiqueta de realizador de género, concretamente fantástico. Con cinco películas ya en tu haber, se aprecia otra cosa, un intento por recurrir a géneros variados (terror, fantasía, biopic, péplum) con los que el espectador está familiarizado, para darles una vuelta de tuerca con cierta intención ideológica.
Creo, a ver si esto no suena mal, que mi cine es contemporáneo, moderno, en el sentido de que trata sobre cosas que están ahí, presentes en nuestra sociedad; hasta Ágora, que se desarrolla hace dieciséis siglos, en realidad pretende hablar sobre nosotros. Eso puede implicar una mirada renovada sobre lo tradicional. Ahora bien, en cuanto a las formas, el modo que yo busco para conectar con los espectadores es bastante clásico, y lo clásico se mueve a través de los géneros: el musical, el western, el terror… yo, al contrario que otros cineastas de hoy, no siento un vacío a la hora de seguir esa ruta marcada por los clásicos porque la amo y creo que la conozco, la he mamado como espectador y la he disfrutado. Creo que conozco las claves de sus diferentes registros. Y, además, como para mí el cine tiene mucho de “viaje hacia”, y más en el caso de Ágora, que se ha llevado cuatro años de mi vida, nada mejor que un cambio constante de género para aumentar esa sensación de descubrimiento, de repensado de cada género que transito.
Dices que Ágora pretende hablar sobre nosotros, sobre el hoy. ¿Y qué quiere decirnos al respecto?
Que estamos en una época de cambio, de transformación. Todo ha entrado en cuestión, en decadencia, se pierde el rumbo; hay una suerte de desconcierto vital y cultural que puede inducir cambios. No necesariamente para peor, aunque debemos recordar que siempre que las democracias han estado en crisis se ha producido un auge de los extremismos, vuelven a surgir de debajo de las piedras los defensores de esas doctrinas totalitarias que prometen que todo volverá a funcionar bajo sus órdenes. En ese sentido, no me importa decir que Ágora, entre otras muchas cosas, es una reivindicación de la democracia.
